Auguro dos noches en vela. Fue después de una tarde improvisada de cine. Blade Runner en el Avenida, como si sólo hubiese bastado desearlo fuertemente. Ahí está, 25 años después, tan señora. Hace un mes quise verla de nuevo, porque los “pillados” de esta historia no nos casamos nunca de verla. Cada fotograma, cada frase, cada silencio, cada nota de Vangelis, todo ello deshaciéndose ante mis ojos, como se esparce una canción que hacía tiempo andábamos cantando sin apenas recordar la letra o la melodía. El futuro está en las calles. Ciudad pueblerina busca lavado de cara. Y sin embargo, transcurridos 25 o 10 años, con un corazón tan de pueblo. El futuro ha llegado a Puerta Jerez, Avenida Constitución, Plaza Nueva. Encarnación. Setas gigantes. Niños punkis en el Fnac.

 

 La omnipresente china del anuncio, como un dios de la era digital, va vaticinando los infortunios de Deckard, sus debilidades y sus deseos. Poco importa que fuese un replicante o no. ¿Quién no lo es? Derckard siente el miedo de morir, como lo siente Rachel o Roy. El tiempo juega en contra de los replicantes. El tiempo también es enemigo de los que no replican. Sienten el miedo de no haber hecho de su vida algo digno de perdurar. Lágrimas en la lluvia. Sucesión de imágenes de una poética siniestra. Lo que hay de siniestro en no saber envejecer. Criaturas de un pigmalión trasnochado avanzando noctámbulos en la ciudad cansada de existir a pesar de nuestros excesos.

 I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time like tears in rain. Time to die. 

Deckard observa agotado ya de sí mismo a un Roy tan vulnerable en sus últimos instantes. Hermano mío. Hermano mío. Parece quererle decir desde su silencio. En el otro se ve. La paloma liberada. También Deckard se libera de su miedo. Gracias a su replicante ha comprendido. Generosamente Roy se deja morir bajo la lluvia, en una delicada herrumbre de su biomecánica.

Ante la inclemencia del tiempo, en estos días de vértigo y mudanzas, que mejor lectura que aquella a la que siempre regresamos. El microrrelato. Ficciones en pequeñas dosis. Jose María Merino a través de una entrevista interesante y amena le toma el pulso al microrrelato como género literario. Después presenta como botón de muestra unos 11 micros que van desde el Calila e Dimna hasta Dino Buzzati. Del microrrelato se ha dicho:

Es un fenómeno en absoluto nuevo en la literatura, que sin embargo parece ponerse de moda en el último medio siglo, de la mano de insignes cultivadores de la ficción hispanoamericana como Borges, Cortázar, García Márquez, Arreola, Denevi y Monterroso. Porque, aunque el microrrelato no es ajeno a todas las literaturas contemporáneas -basta recordar la extraña belleza de los cuentos breves de Kafka o el impagable humor de los de Slawomir Mrozek-, parece haber irrumpido con mayor fuerza al otro lado del Atlántico, donde también se ha intentado dotarlo de base teórica y distinguirlo de especies afines. No faltan en nuestro país brillantes cultivadores del microrrelato, como Luis Mateo Díez, Max Aub o Antonio Pereira, y es raro el escritor que no haya perpretado uno alguna vez.

El microrrelato hunde sus raíces, como toda literatura, en la tradición oral, en forma de fábulas y apólogos, y va tomando cuerpo en la Edad Media a través de la literatura didáctica, que se sirve de leyendas, adivinanzas y parábolas. Algunos han visto el microrrelato como la versión en prosa del haiku oriental y otros lo han hecho derivar de la literatura lapidaria.

Pero es en la época moderna, al nacer el cuento como género literario, cuando el microrrelato se populariza en la literatura en español gracias a la concurrencia de dos fenómenos de distinta índole: la explosión de las vanguardias con su renovación expresiva y la proliferación de revistas que exigían textos breves ilustrados para llenar sus páginas culturales. Algunas de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna son verdaderos cuentos de apenas una línea, y también Rubén Darío y Vicente Huidobro publicaron minicuentos desde diversas estéticas. Junto a estos autores, la crítica señala también al mexicano Julio Torri y al argentino Leopoldo Lugones como decisivos precursores del actual microrrelato.

En la segunda mitad del siglo XX el microrrelato llega a su madurez. Ya no se trata de un ejercicio de estilo, de una pirueta de agudeza o de un retazo más o menos misterioso de prosa poética. El microrrelato se presenta como una auténtica propuesta literaria, como el género idóneo para definir, parodiar o volver del revés la rapidez de los nuevos tiempos y la estética posmoderna. Algo que tiene que ver con Italo Calvino y sus "Seis propuestas para el próximo milenio", con sus "hibridaciones multiculturales", como ha señalado Enrique Yepes, uno de los estudiosos de este arte pigmeo. El cuento brevísimo es la arena ideal donde se bate la moda de la destrucción de los géneros, hasta el punto de que resulte imposible -e inútil- tratar de definirlo, distinguirlo o envolverlo de legalidad.

Proliferan así estos "cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas" -según expresión del argentino David Lagmanovich- que, con su despojamiento, ponen a prueba "nuestras maneras rutinarias de leer". Para diferenciarlos de los aforismos, las frases lapidarias o los miniensayos, deben cumplir los principios básicos de la narratividad, aunque de una forma extravagantemente concentrada. Son, casi siempre, ejercicios de reescritura, o minúsculo laboratorio de experimentación del lenguaje, o ambiciosa pretensión de encerrar en unas líneas una visión trascendente del mundo. Pero queda una sospecha: ¿no habrá en todo esto un poco de pereza? Con su humor de siempre, Augusto Monterroso parece sembrar la duda cuando escribe: "Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto".

Pedro de Miguel.

La minificción tiene la capacidad de transgredir, con gracia y precisión, nuestras expectativas de lectura: es el reverso insospechado de lo que habíamos aceptado como realidad.

Juan Armando Epple

Los microrrelatos tienden a desaparecer si se los mira de frente: son demasiado tímidos y traslúcidos. Para escribirlos basta tomar un poquito de caos y transformarlo en un miniuniverso. Como las pirañas, son pequeños y feroces. Aconsejo descartarlos si no muerden.

Ana María Shúa.