Huyendo del griterío de los niños, va de árbol en árbol posándose las veces con su corazón ahíto. La habitación vocifera su nombre, convocándole a repasar ese ejercicio de dolor que es su vida. Cuántos errores has frecuentado en tan poco tiempo. Los seres humanos en la calle hablan del precio de la vivienda. Le gusta la vida desde esas alturas, es bella y quieta como una postal para turistas. Tal vez debiera ser siempre un turista que recorre la ciudad sin detenerse, leyendo apenas los carteles o mirando de reojo al niño Luis que atraviesa la plaza en su bicicleta podrida por la herrumbre  y le saluda como si le conociera.

Lo que peor llevo de la vuelta al cole es eso de levantarme a las 7.30 de la mañana. Se acabaron las madrugadas en vela viendo películas antiguas, licores y charlas. Se acabaron las sesiones de músicas variadas, mientras se contempla la luna a hurtadillas desde el hueco de la ventana. Lo que peor, los saludos con sonrisas falsas, cómo te ha ido el verano y cuidado que se te ha caído el puñal de la espalda. Lo que peor, las mudanzas y no saber ni a dónde vamos ni de dónde venimos. Se acabaron las lecturas del verano mil veces empezadas y mil veces abandonadas, dejando la lista de libros esenciales aún más nutrida si cabe (he optado por hacer mías las opiniones de mis amigos intelectuales, así parecerá que leo...). Los picoteos de versos también. La noche por delante y la mañana para dormir a pierna suelta. Não sei se preguiçoso ou se covarde, Debaixo do meu cobertor de lã, Eu faço samba e amor até mais tarde, E tenho muito sono de manhã, cantaba Caetano. Debemos y digo debemos en plural, porque invocando la fuerza de la mayoría, quizá pueda yo solita conseguirlo, instaurar los veranos en todos los días de nuestra vida. Sí, habría que programarlo, como se programa la cita con el médico, un cine o el pilates, de 18 a 20 es verano en mi otoño de castañas pilongas. O mejor, no lo programemos, que sea el verano quien se cuele en diciembre una tarde ceniza cuando ya apenas recordemos el calor del sol en los huesos o el olor a salitre en la nuca.

Se acabó la serenata nocturna.

 

 

Conservación de los recuerdos 

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra".

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempres de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

Julio Córtazar, Historias de cronopios y famas.

 Fotografia de Lee Friendlander

—No vive ya nadie en la casa —me dices— 

—No vive ya nadie en la casa —me dices—; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.

Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, por que sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.

Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en circulo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado. Lo que continua en la casa, es el sujeto del acto.

César Vallejo, Poemas póstumos I

Alejandra Pizarnik fue un personaje público construido por rasgos secretos. Adelantamos un fragmento de la biografía de la poeta argentina escrita por César Aira.

Alejandra Pizarnik empezó llamándose Flora; era hija de inmigrantes judíos rusos. Nació el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, una localidad vecina a Buenos Aires. Los padres habían llegado a Argentina exactamente dos años antes, de una ciudad rusa (también fue polaca), Rovne, después de un paso de algunos meses en París, donde se había radicado un hermano del padre. Éste se llamaba Elías Pozharnik; el cambio de apellido debe de haberse debido a uno de los muy corrientes errores de registro de los funcionarios de inmigración. Tenía 27 años, y no hablaba una palabra de castellano, lo que era el caso asimismo de su esposa, un año menor, Rejzla Bromiker, cuyo nombre pasó a ser Rosa. Debió de ser por ella que eligieron Argentina, pues una hermana de Rosa había emigrado tiempo antes al país, y vivía en Avellaneda. A poco de llegar nació la primera hija del matrimonio, Myriam, y 20 meses después la segunda, Flora. No tuvieron más hermanos. El padre se dedicó a la venta a domicilio de artículos de joyería, y no tardó en hacerse una buena posición. Tenían una bonita casa en Avellaneda, donde vivieron hasta 1953 y donde las dos hermanas hicieron la escuela primaria y secundaria. La adaptación fue rápida; aunque los padres hablaban yídish en la casa, las hijas no lo aprendieron; de todos modos, la curiosa forma de hablar de la poeta puede haber tenido su origen en esa situación. Todo el resto de las dos familias, Pozharnik y Bromiker, con excepción del hermano del padre en París, y la hermana de la madre en Avellaneda, pereció en el holocausto, lo que para la niña debió de significar un contacto temprano con los efectos de la muerte. Por lo demás, su origen judío no significó nada especial para ella. Si bien asistió, paralelamente a la escuela pública, a una judía, ésta fue pestalozziana, sin hincapié en la religión: el padre era liberal, y la integración de las hijas al ambiente suburbano de clase media fue completa. (...)

 

 (Más)

 

Al final de nuestros días en el Puerto de Santa María, descubrimos como un Edipo desesperado que la fauna de insectos de este pantanoso lugar es inabarcable. Si no fuera por el testimonio de lujo de Adrián, en su encuentro con el oráculo farmacéutico, que nos ha vaticinado  todos los posibles orígenes de las picaduras, que desde el mes de mayo nos asedian irremediablemente, haciéndonos ya mella y escollos en la misma moral (pues el picor nocturno es un motivo más para alimentar mi insomnio fácilmente omnívoro), estaríamos perdidos. Como un Nanni Moretti aturdido y melancólico, he ido recorriendo consultas de médicos especialistas en pos de averiguar por qué mi cuerpecito tenía 15 picaduras, pues, cuando unas se iban, venían otras que se quedaban durante una semana y media. Tras limpiezas y pomadas varias, he optado por comprar un repelente para usar en el cuerpo… y en esto comienza la anécdota que Adrián ahora os relatará: 

Cuando llegué a la farmacia estaban  hablando  dos  personas serias (farmacéuticos) detrás del mostrador. Uno alto, delgado, tenía el pelo negro y vestía bata blanca, el otro iba de civil,  con gafas, pelirrojo de poco pelo y camisa a cuadros. Como no se callaban, después de unos segundos de cortesía,  tuve que decir en voz alta,  hola, buenas tardes y  sentí cómo mis palabras cortaban su  diálogo como un cuchillo corta  el pan. Les empecé a hablar y se quedaron en silencio, mirándome. Quería, dije, un repelente de insectos que repeliese mosquitos, pulgas, chiches y demás bichos, todo lo repelible  porque estábamos cansados de unas picaduras que y seguí hablando.  El de la bata se echó a un lado, hacia la izquierda y le cedió el mostrador al de la camisa de cuadros,  que me llevó a la otra esquina y cuando me callé empezó a aconsejarme. La verdad es que no recuerdo en qué parte de su conversación  fue y vino  (si es que llegó a ir y a venir  por el bote de repelente,  porque pudo habérmelo sacado de la nariz, como los magos,  o de detrás de la oreja o de cualquiera de sus mangas, aunque las llevaba cortas. según pensé después, cuando volvía a mi casa porque me tenía hipnotizado con su charla. Decía: Hay muchos insecticidas y añadía, tras una pausa, pero no todos son buenos. Y la cosa ha mejorado mucho porque, antes, los insecticidas repelían a los mosquitos y, además, a la persona que tuvieras al lado. Y ahora los insecticidas repelen sólo los insectos (aunque hay alguno todavía…y citaba una marca). En El Puerto hay muchos bichos, mira tú los mosquitos. Esos mosquitos, los grandes, los mosquitos tigres que hemos importado, los que tienen unas rayas en el lomo (yo pensaba, no sé por qué, en los langostinos tigre que había visto en los mostradores de las marisquerías de la zona) , esos que se te posan en el hombro y te lo echan “pabajo” (y lo interpretaba detrás del mostrador, con su camisa a cuadros, poniéndose la mano sobre el hombro y flexionando las rodillas, de una manera muy digna, muy profesional)  para esos mosquitos este bote sirve muy bien y me lo enseñaba. Pero  aquí en El Puerto tenemos una cosa muy particular. Las arañitas. Las arañitas andan y saltan y se meten en todos lados. Se las conoce por las picaduras: una, dos, tres sueltas, o alguna grande, o muchas seguidas así como una ametralladora (y seguía  interpretando detrás del mostrador, acompañando la escenificación con efectos sonoros). Esas son las que más pican. Ni enchufes ni nada. No sirven. ¿Sabes las ventanas de aluminio, las modernas? Entran por el agujerito que tienen. Uno me dijo (ahora cambiaba la voz) pero si yo en verano me tapo con la sábana de franela hasta la barbilla cómo coño pueden picarme en el dedo gordo del pie. Y es que, claro, se meten debajo de las sábanas. Este insecticida, sí. Es muy bueno, funciona muy bien. Repele a las arañitas pero no a la  gente, aunque la pena es que no repele a las suegras,  para eso no hay nada.  Y así me endosó el repelente cuyo nombre no deja de ser más absurda que esta historia: cusitrin.  Que sea lo Dios quiera. 

COLABORADOR DE LUJO: ADRIÁN GONZÁLEZ DA COSTA

Se cierra el círculo y El Puerto de Santa María me ha resultado un lugar poco frecuentado y disfrutado. Seguro que alguna tarde se abrirá una ventana dejando entrar un aire suave y fresco, oliendo a sal y a pino verde - como ya cantara Camarón I, el grande -, y pensaré en una ciudad puntual, de la que apenas quiero guardar recuerdos, una ciudad de paso, que no lo es porque permance en mi fondo, silenciosa y pesada en mi fondo como un buque hundido. A todo esto, yo lo que quería explicar era que quizá una lectura me salve este año polar, experimental, quasi anormal. Aunque quiero que mi vida personal quede al margen, tal vez en algún momento se me escape que he estado haciendo este año en la tierra de Alberti y Javier Ruibal. ¿Qué he estado haciendo? Ah sí, curtirme, endurer la piel, encayecer el alma. Vale. Dios, tormenta de verano. Olé, qué flamenca me estoy poniendo, llueve que es una alegría en el Puerto de Santa María.  (... dispersión...)

Después, de 12 años buscando un libro, que por alguna extraña razón, no quería reposar su vuelo en mis manos... me encuentra él a mí con mis 29 abriles, y el corazón ya recompuesto y aliado con razonamientos especulativos, diciéndome algo así como que ahora que ya me creía mis certezas, basadas en experiencias, caídas y recaídas, vengo a que otra vez te lo vuelvas a cuestionar todo. Yo únicamente quiero dejarme envolver por una prosa tan lacerante y poética, que me habla unos personajes tan vivos que creo reconocerlos en viejos amigos, con los que vuelvo a conversar ahora en mi mente. Me has encontrado tarde, o quizá aún no estábamos preparados para conocernos.

Notas para un paisaje... Largas modulaciones de color. Luz que se filtra a través de la esencia de los limones. Polvo de ladrillo suspendido en el aire fragante, y el olor del pa vimento caliente recién regado. Nubes livianas, al ras del suelo, que sin embargo rara vez traen lluvia. Sobre ese fondo se proyectan rojos y verdes polvorientos, malva pastel y un carmesí profundo y diluido. En verano la humedad del mar da una leve pátina al aire. Todo parece cubierto por un manto de goma.

Y luego, en otoño, el aire seco y vibrante, cargado de áspera electricidad estática, que inflama el cuerpo bajo la ropa liviana. La carne despierta, siente los barrotes de su prisión. De noche una prostituta borracha camina por una calle oscura, sembrando los fragmentos de una canción como si fueran pétalos. ¿Fue allí donde escuchó Antonio los acordes arrobadores de esa música sublime que lo impulsó a entregarse para siempre a la ciudad que amaba?

 

El cuarteto de Alejandría. Durrel Lawrence. Justine (Primer libro)

 

Podría ser éste el comienzo de un primer artículo de bienvenida a lectores despistados e incautos que asomen sus ojillos por este blog. No quisiera crear grandes expectativas que luego se vinieran a bajo. Ya advierto que soy poco constante, algo lenta y bastante "peliculera". Se me ocurre que esto es un blog o cuaderno de bitácora como cualquier otro. Un espacio en el que coincidir con viejos y nuevos amigos. La excusa: la literatura, principalmente. Un saludo y gracias por iniciar esta singladura.