Reanudamos anudando fotos y gramas, hoy, algo telegráfica y atávica, simplemente para decir que estamos en Ayamonte. Hasta aquí  fueron a conducirnos las aguas, y como un monje tibetano, suavemente nos hemos dejado llevar. El resultado ha sido para bien. Pueblo blanco y marinero, con aguas tranquilas. Calma aparente, que esconde una belleza inusual, a veces, hiriente. El cielo es tan amplio en esta tierra que creemos tocarlo  con la punta de los dedos desde mi azotea de casa pueblerina. Y ese mismo cielo amplio generosamente se desangra cuando el sol con sus rayos va lacerando nubes, pájaros y estrellas. La frontera hace de Ayamonte un bullicio ágil e inteligente. Movimiento de extranjeros que lo son en todas partes. Palabras portuguesas, acento inglés. Fardos y mercancias que dicen más de lo que callan. Olor a salitre. Campanas de domingo parroquiano. Y hacia dentro, un cante.