La amistad
Por Manuel BARRIOS

Cercano a cumplirse, el próximo 22 de septiembre, el centenario del nacimiento  de   Maurice Blanchot (Quiain, Francia, 1907-2003), editorial Trotta rescata para la ocasión el texto que Taurus publicó en 1976 –entonces apareció bajo el título de La risa de los dioses– y que, junto a las ediciones suramericanas de El espacio literario, El libro que vendrá o El diálogo inconcluso, sentó las bases para una primera recepción en España de la obra de este inclasificable novelista, pensador y crítico literario, considerado por muchos uno de los últimos malditos de la literatura. Después llegarían cuidadas traducciones de sus escritos a cargo de lectores atentos como Manuel Arranz, Rafael Conte, Isidro Herrera o Alberto Ruiz de Samaniego, que además los glosarían convenientemente, sabiendo hacer justicia a la complejidad que éstos entrañan.

Porque la de Blanchot no es en absoluto, pese a la brillantez de su estilo, una escritura fácil: convencido de que lo más esencial de la palabra literaria son los silencios que alberga, el modo en que opera una drástica ruptura con la experiencia cotidiana, ya desde las primeras novelas –Tomás, el oscuro, Aminadab, Le Très-haut– sus textos desmienten toda correlación simple, directa, entre vida y literatura. No hay tampoco, a la postre, conciliación dialéctica posible entre ambos polos, sino puro desarraigo del sujeto que se consagra al acto de escribir. Kafka es aquí, como Hölderlin o Mallarmé, uno de sus principales referentes: autores que, más que identificados con una concepción del lenguaje como idílica “casa del ser” (según se interpreta a veces, con ciertos ribetes de nostalgia, la fórmula de Heidegger), se caracterizan por haber vivenciado su estricta dimensión de exilio. Ése es, en verdad, el espacio literario descrito por Blanchot: un espacio forjado de ausencias, constituido por los márgenes inasimilables que una civilización procura expulsar de su ámbito habitual de normalidad y entrega a la consunción, como “parte del fuego”; de un fuego destructor que, en el fondo, no puede ser dominado, y que por eso acaba devorándolo todo, borrando de dicho espacio a todo sujeto, a todo eso que, de forma demasiado convencional y sumaria, llamamos un “autor”..El propio Blanchot irá desapareciendo cada vez más de sus escritos y de la vida pública: apenas fotografiado, monacalmente retirado del mundo en su piso parisién, oculto asimismo en la crítica de otros libros, con sus relatos de la década de los cincuenta (Au moment volou, Celui qui ne m’accompagnait pas, El último hombre) cancela su obra de ficción y da paso a un nuevo registro de escritura, obsesionado en explorar el inacabamiento y la extrañeza inherentes a la experiencia literaria. Textos de esa última etapa, como La escritura del desastre o El paso (no) más allá, intensifican su juego con categorías negativas, en un siempre renovado intento de desmarcarse por completo del horizonte hegeliano que tanto ha influido en toda una corriente dominante dentro de la teoría moderna de la novela, para la cual las insuficiencias de la ficción se vencen y superan una vez el protagonista o la peripecia narrada entran en razón y se produce el acuerdo con la prosaica realidad. Es en este énfasis antihegeliano, en esta reivindicación del profundo sentido, cuasisagrado, de transgresión que posee la literatura, donde más próximo se halla su pensamiento al de su amigo Georges Bataille, con motivo de cuya muerte escribe el ensayo final que da título a La amistad, obra publicada originalmente en el 1971..Así, todos esos motivos centrales de la meditación blanchotiana –el silencio, la amistad, la negatividad y la muerte, el poder transgresor del lenguaje– se dan cita en este libro, en el que de forma tan expresiva la labor de Blanchot como crítico se evidencia como la de un genuino recreador literario, conversador infinito y compañero amistoso de los autores que comenta –René Char, Michel Leiris, Jean Paulhan, Pierre Klossowski, Marguerite Duras o Albert Camus, entre otros– en su descenso a los infiernos de la palabra: allí donde la soledad y la noche son los salarios pagados al demonio por el logro de un espacio al margen de la vida real; allí donde el escritor experimenta el miedo a morir, porque, entregado a su labor insomne, siente que no ha vivido aún; tras de lo cual, sin embargo, renuncia a toda redención, vuelve su mirada al misterio insondable –como Orfeo ante Eurídice en el reino de los muertos– y decide perseverar en él. Los tres penúltimos ensayos, dedicados a Kafka, exponen magistralmente esta intemperie en la que vive el autor. Los tres primeros apuntan a idéntica precariedad cuando abordan la situación del arte en un contexto como el actual, dominado por las técnicas de reproducción masiva, donde la fe clasicista en el poder eternizante de la belleza se ve drásticamente transformada por la posibilidad de contemplar la obra artística en cualquier instante. Gravita aquí la sombra del famoso ensayo de Walter Benjamin sobre el tema, aunque a quien apela explícitamente Blanchot es a André Malraux y a su Psicología del arte (1950), en debate con Georges Duthuit, para precisar su convicción de que el destino del arte moderno está indisolublemente ligado al museo: no simplemente al museo real, donde las obras maestras se amontonan como mercancía esplendorosa (abrumándonos, provocando en nosotros vértigo o “mal del museo”) y se rigen por meros criterios de actualidad; sino a los “museos imaginarios”, extraños hospitales que recogen a las obras cuando éstas se quedan como sin mundo, fuera del tiempo en que surgieron, y piden ser acogidas en el nuestro para ser capaces de volverse nuevamente significativas.Indigencia del arte frente a lo real y libertad rotunda del espacio literario: en esa tensión se despliega la fascinante obra de Blanchot, tejida entre los límites del pensamiento y una sobria literatura que se resiste a ser puro lirismo.

El enigma Blanchot
Considerado el “último monje” de la filosofía francesa, Blanchot pasó sus últimos años en la banlieu parisién. Según E. Hernández Busto (“Letras libres”, 2003) “sólo recibía a unos pocos iniciados en su particular idea de la amistad, juramentados para defender la intimidad de un escritor recluido desde los cuarenta años. Nadie pudo evitar que en 1985 un periodista le tomara algunas fotografías clandestinas en el parking de un supermercado, único caso conocido de un paparazzo de la filosofía. Lo precario de esas imágenes, la silueta borrosa de alguien que huye de la publicidad para enterrarse en unos libros que hablan incansablemente del silencio, contribuye a darnos de Blanchot una visión tan remota como la que de Mallarmé tenían sus contemporáneos. En ambos casos, la leyenda comienza cuando suprimimos al hombre para dejar al autor.
 
«La amistad» de Maurice Blanchot
Traducción de J. A. Doval. Trotta. Madrid, 2007. 270 páginas. 18 euros 
Artículo : http://www.elcultural.es 07/06/2007

Hace tiempo que quería sumergirme en lo que se conoce como literatura de viaje. Todos llevamos un pequeño antropólogo dentro, pues basta vernos cuando nos sentamos en la terraza de un bar, mientras observamos a las pobres viandantes que nada sospechan de nuestras elucubraciones respecto a sus andares, sus hablares, sus aires, en definitiva. Siempre me han atraído dos tipos de expediciones, entre otros motivos, porque por mi físico o mi salud, nunca podré llevarlas a cabo: la llamada del desierto (Sáhara, o Libia), la nada en medio de un paisaje siempre sutil y cambiante, y los picos de las más altas montañas, otra soledad, jamás comprensible. Así que ahora lanzo una lista de algunos títulos que podrían interesarnos a los viajeros, que siempre estamos viajando, aunque sea de pensamiento.

ALAIN DE BOTTON
El arte de viajar
246 pág. Editorial Taurus, ISBN: 8430604685

Se trata de una obra densa, bien documentada y escrita, que no debería faltar en las estanterías de aquellos que sólo piensan en hacer el equipaje y lanzarse a la aventura. Alain de Botton trata en primer lugar de explicarnos por qué viajamos. Cuáles son las sensaciones que encontramos en el camino, cuáles las satisfacciones y cuáles las desilusiones, dónde está el placer y dónde la miseria. Meditaciones filosóficas que nos ayudan a entender la razón por la cual algunos viajes en los que depositamos todas nuestras esperanzas se saldaron con un estrepitoso fracaso. Y todo sin perder el humor, utilizando la ironía y la acidez, criticando a los aventureros de pacotilla y a los viajeros de boquilla. Finalmente, el autor recurre a los clásicos para apuntalar su teoría. Por las páginas de este libro pasan los comentarios y los textos de Gustave Flaubert, Vincent Van Gogh o Charles Baudelaire, jugosas aportaciones al arte de recorrer el planeta.

ELIAS CANETTI

Al encuentro de Marraquech

119 pág. Editorial Pre-Textos, ISBN: 8481914312

En el viaje a Marruecos que se narra en este libro, realizado en 1954, el escritor se sumerge en el ambiente de los barrios más coloristas y ruidosos de Marraquech. Acaba de llegar de un Londres pretencioso y estirado, y se encuentra con una ciudad abigarrada, alegre y vitalista. Premio Nobel de Literatura en 1981, Canetti nació en Bulgaria pero se crió en Inglaterra, Austria y Alemania. Fue un viajero singular, escapando de los sitios comunes, y de las personas comunes y concentraba su atención en situaciones y personajes singulares. Recorre los mercados (incluidos los de camellos) y se fija en todos los detalles, físicos y de comportamiento, de los personajes que pueblen la fascinante ciudad. El resultado de este trabajo de investigación, en el cual el autor presta especial interés al concepto marroquí de la vida y de la muerte, de la desgracia y la fortuna, es un libro de viajes fascinante.

JOSEPH CONRAD

El corazón de las tinieblas

176 pág, Alianza Editorial, ISBN: 8420634298

Joseph Conrad nació en 1857 en Polonia como Josef Teodor Konrad Korzeniovski. Pasados los años, se enroló en la marina británica, se nacionalizó inglés en 1886 y cambió su nombre por el de Joseph Conrad. Siguieron diez años en los que navegó mucho, sobre todo por Oriente. En El corazón de las tinieblas se narra el viaje por el río Congo de Marlow, un capitán de barco mercante. Lo cuenta él mismo a su tripulación. Una vez dirigió una expedición a la impenetrable jungla. La oscuridad que encuentra es tanto moral como física. Mr. Kurtz, el agente que se ocupa del marfil y en cuya búsqueda va, es la misma corrupción, hundimiento y explotación hecha carne. El encuentro de Marlow con él supondrá un cambio de vida del ya viejo marino, que para siempre vivirá con el horror. Aunque parezca a primera vista un típico libro de aventuras donde lo importante son las andanzas de un personaje y el descubrimiento de lugares exóticos llenos de peligros y riquezas no lo es. El mensaje subyacente de Conrad no es evidente, por lo que puede ser necesaria una o más relecturas del libro para capturar todo su contenido. La película Apocalypse Now, de Francis F. Coppola, basada en este libro, refleja en su segunda parte algo del mundo del que escribió Conrad. Pero la novela lleva a profundidades donde acechan monstruos todavía más aterradores.

PAUL THEROUX

El gran bazar del ferrocarril

480 pág. Biblioteca de Grandes Viajeros, Ediciones B

Theroux se propuso subir en todos los trenes que encontrara desde la Victoria Station londinense hasta la Tokyo Central, atravesando en el trayecto Turquía, Irán, Pakistán, India, Birmania, Tailandia y Camboya. De aquí cruzar al Japón dónde toma el tren transiberiano en su límite más oriental y volver de nuevo a Londres, cerrando el círculo. 

El viejo Expreso de la Patagonia

431 pág. Biblioteca de Grandes Viajeros, Ediciones B. ISBN: 844069802X

Tal como ya había hecho años antes, cuando cruzó todo Asia, Paul Theroux recorrió en 1976 un larguísimo itinerario que abarcaba casi toda América, de Boston a la Patagonia argentina, y se empeñó en recorrerlo únicamente tomando trenes. Para ello tuvo que pasar por Estados Unidos, México, Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Tal como era habitual en él, Paul Theroux viajó sin prisas ni planes fijos, sudando o tiritando, según variaba la altitud, pasando de largo las grandes capitales y deteniéndose en destinos poco frecuentados.Este libro, editado en 1979, habla de trenes, de viejos y poderosos armatostes de diferentes tamaños, categorías, recorridos y nombres. Theroux construye a lo largo del viaje una crónica fascinante hecha de encuentros azarosos, anécdotas suculentas y personajes unas veces estrafalarios y otras entrañables. También se recrea en los paisajes que le hacen sentirse vivo y personajes que le hacen sentirse bien. Siendo como es una obra modélica. con el paso de los años no ha perdido ni interés ni fuerza.

WILFRED THESIGER

Arenas de Arabia

446 pág. Editorial Península. 2003. ISBN: 84-8307-542-5

 Esta obra maestra de Wilfred Thesiger (1910-2003, el último de los grandes viajeros y exploradores ingleses) es el mejor de sus libros y habla sobre los cinco largos años que el autor empleó viajando entre las gentes nómadas del sur de la península arábiga (Yemen, Omán, Arabia Saudita, y Emiratos Árabes) a finales de los años cuarenta, poco antes de que llegara la fiebre del petróleo, cuando el Oriente Medio no había cambiado aún desde hacía siglos y donde sus amigos beduínos se sentían aún libres en el desierto. Son muchos los detalles que hacen de esta obra un clásico de la literatura de viajes: la visión que nos da sobre la calidez, la generosidad y la ferocidad del pueblo beduíno; la hermosa escritura sobre un lugar y una época que ya dejaron de existir; y su profunda reverencia por el desierto mismo. Pero lo que realmente distingue esta obra de Thesiger es su puro amor por el viaje, por la propia experiencia que este supone. Ignorando el romanticismo obvio, el hecho de tratar de vivir la vida en primera persona, de sentir el mundo por uno mismo, es el verdadero motor que impulsa al viaje. Por todo ello este magnífico libro es su tributo a tradiciones ya desaparecidas.

Lo que peor llevo de la vuelta al cole es eso de levantarme a las 7.30 de la mañana. Se acabaron las madrugadas en vela viendo películas antiguas, licores y charlas. Se acabaron las sesiones de músicas variadas, mientras se contempla la luna a hurtadillas desde el hueco de la ventana. Lo que peor, los saludos con sonrisas falsas, cómo te ha ido el verano y cuidado que se te ha caído el puñal de la espalda. Lo que peor, las mudanzas y no saber ni a dónde vamos ni de dónde venimos. Se acabaron las lecturas del verano mil veces empezadas y mil veces abandonadas, dejando la lista de libros esenciales aún más nutrida si cabe (he optado por hacer mías las opiniones de mis amigos intelectuales, así parecerá que leo...). Los picoteos de versos también. La noche por delante y la mañana para dormir a pierna suelta. Não sei se preguiçoso ou se covarde, Debaixo do meu cobertor de lã, Eu faço samba e amor até mais tarde, E tenho muito sono de manhã, cantaba Caetano. Debemos y digo debemos en plural, porque invocando la fuerza de la mayoría, quizá pueda yo solita conseguirlo, instaurar los veranos en todos los días de nuestra vida. Sí, habría que programarlo, como se programa la cita con el médico, un cine o el pilates, de 18 a 20 es verano en mi otoño de castañas pilongas. O mejor, no lo programemos, que sea el verano quien se cuele en diciembre una tarde ceniza cuando ya apenas recordemos el calor del sol en los huesos o el olor a salitre en la nuca.

Se acabó la serenata nocturna.

 

Ante la inclemencia del tiempo, en estos días de vértigo y mudanzas, que mejor lectura que aquella a la que siempre regresamos. El microrrelato. Ficciones en pequeñas dosis. Jose María Merino a través de una entrevista interesante y amena le toma el pulso al microrrelato como género literario. Después presenta como botón de muestra unos 11 micros que van desde el Calila e Dimna hasta Dino Buzzati. Del microrrelato se ha dicho:

Es un fenómeno en absoluto nuevo en la literatura, que sin embargo parece ponerse de moda en el último medio siglo, de la mano de insignes cultivadores de la ficción hispanoamericana como Borges, Cortázar, García Márquez, Arreola, Denevi y Monterroso. Porque, aunque el microrrelato no es ajeno a todas las literaturas contemporáneas -basta recordar la extraña belleza de los cuentos breves de Kafka o el impagable humor de los de Slawomir Mrozek-, parece haber irrumpido con mayor fuerza al otro lado del Atlántico, donde también se ha intentado dotarlo de base teórica y distinguirlo de especies afines. No faltan en nuestro país brillantes cultivadores del microrrelato, como Luis Mateo Díez, Max Aub o Antonio Pereira, y es raro el escritor que no haya perpretado uno alguna vez.

El microrrelato hunde sus raíces, como toda literatura, en la tradición oral, en forma de fábulas y apólogos, y va tomando cuerpo en la Edad Media a través de la literatura didáctica, que se sirve de leyendas, adivinanzas y parábolas. Algunos han visto el microrrelato como la versión en prosa del haiku oriental y otros lo han hecho derivar de la literatura lapidaria.

Pero es en la época moderna, al nacer el cuento como género literario, cuando el microrrelato se populariza en la literatura en español gracias a la concurrencia de dos fenómenos de distinta índole: la explosión de las vanguardias con su renovación expresiva y la proliferación de revistas que exigían textos breves ilustrados para llenar sus páginas culturales. Algunas de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna son verdaderos cuentos de apenas una línea, y también Rubén Darío y Vicente Huidobro publicaron minicuentos desde diversas estéticas. Junto a estos autores, la crítica señala también al mexicano Julio Torri y al argentino Leopoldo Lugones como decisivos precursores del actual microrrelato.

En la segunda mitad del siglo XX el microrrelato llega a su madurez. Ya no se trata de un ejercicio de estilo, de una pirueta de agudeza o de un retazo más o menos misterioso de prosa poética. El microrrelato se presenta como una auténtica propuesta literaria, como el género idóneo para definir, parodiar o volver del revés la rapidez de los nuevos tiempos y la estética posmoderna. Algo que tiene que ver con Italo Calvino y sus "Seis propuestas para el próximo milenio", con sus "hibridaciones multiculturales", como ha señalado Enrique Yepes, uno de los estudiosos de este arte pigmeo. El cuento brevísimo es la arena ideal donde se bate la moda de la destrucción de los géneros, hasta el punto de que resulte imposible -e inútil- tratar de definirlo, distinguirlo o envolverlo de legalidad.

Proliferan así estos "cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas" -según expresión del argentino David Lagmanovich- que, con su despojamiento, ponen a prueba "nuestras maneras rutinarias de leer". Para diferenciarlos de los aforismos, las frases lapidarias o los miniensayos, deben cumplir los principios básicos de la narratividad, aunque de una forma extravagantemente concentrada. Son, casi siempre, ejercicios de reescritura, o minúsculo laboratorio de experimentación del lenguaje, o ambiciosa pretensión de encerrar en unas líneas una visión trascendente del mundo. Pero queda una sospecha: ¿no habrá en todo esto un poco de pereza? Con su humor de siempre, Augusto Monterroso parece sembrar la duda cuando escribe: "Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto".

Pedro de Miguel.

La minificción tiene la capacidad de transgredir, con gracia y precisión, nuestras expectativas de lectura: es el reverso insospechado de lo que habíamos aceptado como realidad.

Juan Armando Epple

Los microrrelatos tienden a desaparecer si se los mira de frente: son demasiado tímidos y traslúcidos. Para escribirlos basta tomar un poquito de caos y transformarlo en un miniuniverso. Como las pirañas, son pequeños y feroces. Aconsejo descartarlos si no muerden.

Ana María Shúa.