Se cierra el círculo y El Puerto de Santa María me ha resultado un lugar poco frecuentado y disfrutado. Seguro que alguna tarde se abrirá una ventana dejando entrar un aire suave y fresco, oliendo a sal y a pino verde - como ya cantara Camarón I, el grande -, y pensaré en una ciudad puntual, de la que apenas quiero guardar recuerdos, una ciudad de paso, que no lo es porque permance en mi fondo, silenciosa y pesada en mi fondo como un buque hundido. A todo esto, yo lo que quería explicar era que quizá una lectura me salve este año polar, experimental, quasi anormal. Aunque quiero que mi vida personal quede al margen, tal vez en algún momento se me escape que he estado haciendo este año en la tierra de Alberti y Javier Ruibal. ¿Qué he estado haciendo? Ah sí, curtirme, endurer la piel, encayecer el alma. Vale. Dios, tormenta de verano. Olé, qué flamenca me estoy poniendo, llueve que es una alegría en el Puerto de Santa María.  (... dispersión...)

Después, de 12 años buscando un libro, que por alguna extraña razón, no quería reposar su vuelo en mis manos... me encuentra él a mí con mis 29 abriles, y el corazón ya recompuesto y aliado con razonamientos especulativos, diciéndome algo así como que ahora que ya me creía mis certezas, basadas en experiencias, caídas y recaídas, vengo a que otra vez te lo vuelvas a cuestionar todo. Yo únicamente quiero dejarme envolver por una prosa tan lacerante y poética, que me habla unos personajes tan vivos que creo reconocerlos en viejos amigos, con los que vuelvo a conversar ahora en mi mente. Me has encontrado tarde, o quizá aún no estábamos preparados para conocernos.

Notas para un paisaje... Largas modulaciones de color. Luz que se filtra a través de la esencia de los limones. Polvo de ladrillo suspendido en el aire fragante, y el olor del pa vimento caliente recién regado. Nubes livianas, al ras del suelo, que sin embargo rara vez traen lluvia. Sobre ese fondo se proyectan rojos y verdes polvorientos, malva pastel y un carmesí profundo y diluido. En verano la humedad del mar da una leve pátina al aire. Todo parece cubierto por un manto de goma.

Y luego, en otoño, el aire seco y vibrante, cargado de áspera electricidad estática, que inflama el cuerpo bajo la ropa liviana. La carne despierta, siente los barrotes de su prisión. De noche una prostituta borracha camina por una calle oscura, sembrando los fragmentos de una canción como si fueran pétalos. ¿Fue allí donde escuchó Antonio los acordes arrobadores de esa música sublime que lo impulsó a entregarse para siempre a la ciudad que amaba?

 

El cuarteto de Alejandría. Durrel Lawrence. Justine (Primer libro)