Se me ha derramado la mañana sobre la mesa y ya es tarde, me dices, ya es tarde para reunir tanta despedida. Las luces se hunden en el pecho dormido de la noche, las luces me van abandonando. Escucho a los barcos despertar donde anoche apurábamos los últimos licores. Y ya es tarde, me dices, ya es tarde para atarme a los mástiles, o los quicios de la puerta.  Nos han seguido hasta hoy las ganas de vivir deprisa contra las sobras, vivir contra las ganas que nos han seguido desde siempre.  Nos han anunciado la hora que ya llega. Es la hora y la ventana se cierra para no mirar hacia donde ya nada existe. He pensado que al irnos la casa se volvería de papel, ligera y blanca  como un pedazo de papel. Se arrastraría hasta nosotros, para metérsenos entre las cosas que nunca han sido nuestras. Y se plegaría como una nota que se pierde entre los libros o los bolsillos de una vieja chaqueta y sólo a veces se lee, cuando ya poco importa.

 

Auguro dos noches en vela. Fue después de una tarde improvisada de cine. Blade Runner en el Avenida, como si sólo hubiese bastado desearlo fuertemente. Ahí está, 25 años después, tan señora. Hace un mes quise verla de nuevo, porque los “pillados” de esta historia no nos casamos nunca de verla. Cada fotograma, cada frase, cada silencio, cada nota de Vangelis, todo ello deshaciéndose ante mis ojos, como se esparce una canción que hacía tiempo andábamos cantando sin apenas recordar la letra o la melodía. El futuro está en las calles. Ciudad pueblerina busca lavado de cara. Y sin embargo, transcurridos 25 o 10 años, con un corazón tan de pueblo. El futuro ha llegado a Puerta Jerez, Avenida Constitución, Plaza Nueva. Encarnación. Setas gigantes. Niños punkis en el Fnac.

 

 La omnipresente china del anuncio, como un dios de la era digital, va vaticinando los infortunios de Deckard, sus debilidades y sus deseos. Poco importa que fuese un replicante o no. ¿Quién no lo es? Derckard siente el miedo de morir, como lo siente Rachel o Roy. El tiempo juega en contra de los replicantes. El tiempo también es enemigo de los que no replican. Sienten el miedo de no haber hecho de su vida algo digno de perdurar. Lágrimas en la lluvia. Sucesión de imágenes de una poética siniestra. Lo que hay de siniestro en no saber envejecer. Criaturas de un pigmalión trasnochado avanzando noctámbulos en la ciudad cansada de existir a pesar de nuestros excesos.

 I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time like tears in rain. Time to die. 

Deckard observa agotado ya de sí mismo a un Roy tan vulnerable en sus últimos instantes. Hermano mío. Hermano mío. Parece quererle decir desde su silencio. En el otro se ve. La paloma liberada. También Deckard se libera de su miedo. Gracias a su replicante ha comprendido. Generosamente Roy se deja morir bajo la lluvia, en una delicada herrumbre de su biomecánica.

Huyendo del griterío de los niños, va de árbol en árbol posándose las veces con su corazón ahíto. La habitación vocifera su nombre, convocándole a repasar ese ejercicio de dolor que es su vida. Cuántos errores has frecuentado en tan poco tiempo. Los seres humanos en la calle hablan del precio de la vivienda. Le gusta la vida desde esas alturas, es bella y quieta como una postal para turistas. Tal vez debiera ser siempre un turista que recorre la ciudad sin detenerse, leyendo apenas los carteles o mirando de reojo al niño Luis que atraviesa la plaza en su bicicleta podrida por la herrumbre  y le saluda como si le conociera.

Reanudamos anudando fotos y gramas, hoy, algo telegráfica y atávica, simplemente para decir que estamos en Ayamonte. Hasta aquí  fueron a conducirnos las aguas, y como un monje tibetano, suavemente nos hemos dejado llevar. El resultado ha sido para bien. Pueblo blanco y marinero, con aguas tranquilas. Calma aparente, que esconde una belleza inusual, a veces, hiriente. El cielo es tan amplio en esta tierra que creemos tocarlo  con la punta de los dedos desde mi azotea de casa pueblerina. Y ese mismo cielo amplio generosamente se desangra cuando el sol con sus rayos va lacerando nubes, pájaros y estrellas. La frontera hace de Ayamonte un bullicio ágil e inteligente. Movimiento de extranjeros que lo son en todas partes. Palabras portuguesas, acento inglés. Fardos y mercancias que dicen más de lo que callan. Olor a salitre. Campanas de domingo parroquiano. Y hacia dentro, un cante.

La amistad
Por Manuel BARRIOS

Cercano a cumplirse, el próximo 22 de septiembre, el centenario del nacimiento  de   Maurice Blanchot (Quiain, Francia, 1907-2003), editorial Trotta rescata para la ocasión el texto que Taurus publicó en 1976 –entonces apareció bajo el título de La risa de los dioses– y que, junto a las ediciones suramericanas de El espacio literario, El libro que vendrá o El diálogo inconcluso, sentó las bases para una primera recepción en España de la obra de este inclasificable novelista, pensador y crítico literario, considerado por muchos uno de los últimos malditos de la literatura. Después llegarían cuidadas traducciones de sus escritos a cargo de lectores atentos como Manuel Arranz, Rafael Conte, Isidro Herrera o Alberto Ruiz de Samaniego, que además los glosarían convenientemente, sabiendo hacer justicia a la complejidad que éstos entrañan.

Porque la de Blanchot no es en absoluto, pese a la brillantez de su estilo, una escritura fácil: convencido de que lo más esencial de la palabra literaria son los silencios que alberga, el modo en que opera una drástica ruptura con la experiencia cotidiana, ya desde las primeras novelas –Tomás, el oscuro, Aminadab, Le Très-haut– sus textos desmienten toda correlación simple, directa, entre vida y literatura. No hay tampoco, a la postre, conciliación dialéctica posible entre ambos polos, sino puro desarraigo del sujeto que se consagra al acto de escribir. Kafka es aquí, como Hölderlin o Mallarmé, uno de sus principales referentes: autores que, más que identificados con una concepción del lenguaje como idílica “casa del ser” (según se interpreta a veces, con ciertos ribetes de nostalgia, la fórmula de Heidegger), se caracterizan por haber vivenciado su estricta dimensión de exilio. Ése es, en verdad, el espacio literario descrito por Blanchot: un espacio forjado de ausencias, constituido por los márgenes inasimilables que una civilización procura expulsar de su ámbito habitual de normalidad y entrega a la consunción, como “parte del fuego”; de un fuego destructor que, en el fondo, no puede ser dominado, y que por eso acaba devorándolo todo, borrando de dicho espacio a todo sujeto, a todo eso que, de forma demasiado convencional y sumaria, llamamos un “autor”..El propio Blanchot irá desapareciendo cada vez más de sus escritos y de la vida pública: apenas fotografiado, monacalmente retirado del mundo en su piso parisién, oculto asimismo en la crítica de otros libros, con sus relatos de la década de los cincuenta (Au moment volou, Celui qui ne m’accompagnait pas, El último hombre) cancela su obra de ficción y da paso a un nuevo registro de escritura, obsesionado en explorar el inacabamiento y la extrañeza inherentes a la experiencia literaria. Textos de esa última etapa, como La escritura del desastre o El paso (no) más allá, intensifican su juego con categorías negativas, en un siempre renovado intento de desmarcarse por completo del horizonte hegeliano que tanto ha influido en toda una corriente dominante dentro de la teoría moderna de la novela, para la cual las insuficiencias de la ficción se vencen y superan una vez el protagonista o la peripecia narrada entran en razón y se produce el acuerdo con la prosaica realidad. Es en este énfasis antihegeliano, en esta reivindicación del profundo sentido, cuasisagrado, de transgresión que posee la literatura, donde más próximo se halla su pensamiento al de su amigo Georges Bataille, con motivo de cuya muerte escribe el ensayo final que da título a La amistad, obra publicada originalmente en el 1971..Así, todos esos motivos centrales de la meditación blanchotiana –el silencio, la amistad, la negatividad y la muerte, el poder transgresor del lenguaje– se dan cita en este libro, en el que de forma tan expresiva la labor de Blanchot como crítico se evidencia como la de un genuino recreador literario, conversador infinito y compañero amistoso de los autores que comenta –René Char, Michel Leiris, Jean Paulhan, Pierre Klossowski, Marguerite Duras o Albert Camus, entre otros– en su descenso a los infiernos de la palabra: allí donde la soledad y la noche son los salarios pagados al demonio por el logro de un espacio al margen de la vida real; allí donde el escritor experimenta el miedo a morir, porque, entregado a su labor insomne, siente que no ha vivido aún; tras de lo cual, sin embargo, renuncia a toda redención, vuelve su mirada al misterio insondable –como Orfeo ante Eurídice en el reino de los muertos– y decide perseverar en él. Los tres penúltimos ensayos, dedicados a Kafka, exponen magistralmente esta intemperie en la que vive el autor. Los tres primeros apuntan a idéntica precariedad cuando abordan la situación del arte en un contexto como el actual, dominado por las técnicas de reproducción masiva, donde la fe clasicista en el poder eternizante de la belleza se ve drásticamente transformada por la posibilidad de contemplar la obra artística en cualquier instante. Gravita aquí la sombra del famoso ensayo de Walter Benjamin sobre el tema, aunque a quien apela explícitamente Blanchot es a André Malraux y a su Psicología del arte (1950), en debate con Georges Duthuit, para precisar su convicción de que el destino del arte moderno está indisolublemente ligado al museo: no simplemente al museo real, donde las obras maestras se amontonan como mercancía esplendorosa (abrumándonos, provocando en nosotros vértigo o “mal del museo”) y se rigen por meros criterios de actualidad; sino a los “museos imaginarios”, extraños hospitales que recogen a las obras cuando éstas se quedan como sin mundo, fuera del tiempo en que surgieron, y piden ser acogidas en el nuestro para ser capaces de volverse nuevamente significativas.Indigencia del arte frente a lo real y libertad rotunda del espacio literario: en esa tensión se despliega la fascinante obra de Blanchot, tejida entre los límites del pensamiento y una sobria literatura que se resiste a ser puro lirismo.

El enigma Blanchot
Considerado el “último monje” de la filosofía francesa, Blanchot pasó sus últimos años en la banlieu parisién. Según E. Hernández Busto (“Letras libres”, 2003) “sólo recibía a unos pocos iniciados en su particular idea de la amistad, juramentados para defender la intimidad de un escritor recluido desde los cuarenta años. Nadie pudo evitar que en 1985 un periodista le tomara algunas fotografías clandestinas en el parking de un supermercado, único caso conocido de un paparazzo de la filosofía. Lo precario de esas imágenes, la silueta borrosa de alguien que huye de la publicidad para enterrarse en unos libros que hablan incansablemente del silencio, contribuye a darnos de Blanchot una visión tan remota como la que de Mallarmé tenían sus contemporáneos. En ambos casos, la leyenda comienza cuando suprimimos al hombre para dejar al autor.
 
«La amistad» de Maurice Blanchot
Traducción de J. A. Doval. Trotta. Madrid, 2007. 270 páginas. 18 euros 
Artículo : http://www.elcultural.es 07/06/2007

Hace tiempo que quería sumergirme en lo que se conoce como literatura de viaje. Todos llevamos un pequeño antropólogo dentro, pues basta vernos cuando nos sentamos en la terraza de un bar, mientras observamos a las pobres viandantes que nada sospechan de nuestras elucubraciones respecto a sus andares, sus hablares, sus aires, en definitiva. Siempre me han atraído dos tipos de expediciones, entre otros motivos, porque por mi físico o mi salud, nunca podré llevarlas a cabo: la llamada del desierto (Sáhara, o Libia), la nada en medio de un paisaje siempre sutil y cambiante, y los picos de las más altas montañas, otra soledad, jamás comprensible. Así que ahora lanzo una lista de algunos títulos que podrían interesarnos a los viajeros, que siempre estamos viajando, aunque sea de pensamiento.

ALAIN DE BOTTON
El arte de viajar
246 pág. Editorial Taurus, ISBN: 8430604685

Se trata de una obra densa, bien documentada y escrita, que no debería faltar en las estanterías de aquellos que sólo piensan en hacer el equipaje y lanzarse a la aventura. Alain de Botton trata en primer lugar de explicarnos por qué viajamos. Cuáles son las sensaciones que encontramos en el camino, cuáles las satisfacciones y cuáles las desilusiones, dónde está el placer y dónde la miseria. Meditaciones filosóficas que nos ayudan a entender la razón por la cual algunos viajes en los que depositamos todas nuestras esperanzas se saldaron con un estrepitoso fracaso. Y todo sin perder el humor, utilizando la ironía y la acidez, criticando a los aventureros de pacotilla y a los viajeros de boquilla. Finalmente, el autor recurre a los clásicos para apuntalar su teoría. Por las páginas de este libro pasan los comentarios y los textos de Gustave Flaubert, Vincent Van Gogh o Charles Baudelaire, jugosas aportaciones al arte de recorrer el planeta.

ELIAS CANETTI

Al encuentro de Marraquech

119 pág. Editorial Pre-Textos, ISBN: 8481914312

En el viaje a Marruecos que se narra en este libro, realizado en 1954, el escritor se sumerge en el ambiente de los barrios más coloristas y ruidosos de Marraquech. Acaba de llegar de un Londres pretencioso y estirado, y se encuentra con una ciudad abigarrada, alegre y vitalista. Premio Nobel de Literatura en 1981, Canetti nació en Bulgaria pero se crió en Inglaterra, Austria y Alemania. Fue un viajero singular, escapando de los sitios comunes, y de las personas comunes y concentraba su atención en situaciones y personajes singulares. Recorre los mercados (incluidos los de camellos) y se fija en todos los detalles, físicos y de comportamiento, de los personajes que pueblen la fascinante ciudad. El resultado de este trabajo de investigación, en el cual el autor presta especial interés al concepto marroquí de la vida y de la muerte, de la desgracia y la fortuna, es un libro de viajes fascinante.

JOSEPH CONRAD

El corazón de las tinieblas

176 pág, Alianza Editorial, ISBN: 8420634298

Joseph Conrad nació en 1857 en Polonia como Josef Teodor Konrad Korzeniovski. Pasados los años, se enroló en la marina británica, se nacionalizó inglés en 1886 y cambió su nombre por el de Joseph Conrad. Siguieron diez años en los que navegó mucho, sobre todo por Oriente. En El corazón de las tinieblas se narra el viaje por el río Congo de Marlow, un capitán de barco mercante. Lo cuenta él mismo a su tripulación. Una vez dirigió una expedición a la impenetrable jungla. La oscuridad que encuentra es tanto moral como física. Mr. Kurtz, el agente que se ocupa del marfil y en cuya búsqueda va, es la misma corrupción, hundimiento y explotación hecha carne. El encuentro de Marlow con él supondrá un cambio de vida del ya viejo marino, que para siempre vivirá con el horror. Aunque parezca a primera vista un típico libro de aventuras donde lo importante son las andanzas de un personaje y el descubrimiento de lugares exóticos llenos de peligros y riquezas no lo es. El mensaje subyacente de Conrad no es evidente, por lo que puede ser necesaria una o más relecturas del libro para capturar todo su contenido. La película Apocalypse Now, de Francis F. Coppola, basada en este libro, refleja en su segunda parte algo del mundo del que escribió Conrad. Pero la novela lleva a profundidades donde acechan monstruos todavía más aterradores.

PAUL THEROUX

El gran bazar del ferrocarril

480 pág. Biblioteca de Grandes Viajeros, Ediciones B

Theroux se propuso subir en todos los trenes que encontrara desde la Victoria Station londinense hasta la Tokyo Central, atravesando en el trayecto Turquía, Irán, Pakistán, India, Birmania, Tailandia y Camboya. De aquí cruzar al Japón dónde toma el tren transiberiano en su límite más oriental y volver de nuevo a Londres, cerrando el círculo. 

El viejo Expreso de la Patagonia

431 pág. Biblioteca de Grandes Viajeros, Ediciones B. ISBN: 844069802X

Tal como ya había hecho años antes, cuando cruzó todo Asia, Paul Theroux recorrió en 1976 un larguísimo itinerario que abarcaba casi toda América, de Boston a la Patagonia argentina, y se empeñó en recorrerlo únicamente tomando trenes. Para ello tuvo que pasar por Estados Unidos, México, Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Tal como era habitual en él, Paul Theroux viajó sin prisas ni planes fijos, sudando o tiritando, según variaba la altitud, pasando de largo las grandes capitales y deteniéndose en destinos poco frecuentados.Este libro, editado en 1979, habla de trenes, de viejos y poderosos armatostes de diferentes tamaños, categorías, recorridos y nombres. Theroux construye a lo largo del viaje una crónica fascinante hecha de encuentros azarosos, anécdotas suculentas y personajes unas veces estrafalarios y otras entrañables. También se recrea en los paisajes que le hacen sentirse vivo y personajes que le hacen sentirse bien. Siendo como es una obra modélica. con el paso de los años no ha perdido ni interés ni fuerza.

WILFRED THESIGER

Arenas de Arabia

446 pág. Editorial Península. 2003. ISBN: 84-8307-542-5

 Esta obra maestra de Wilfred Thesiger (1910-2003, el último de los grandes viajeros y exploradores ingleses) es el mejor de sus libros y habla sobre los cinco largos años que el autor empleó viajando entre las gentes nómadas del sur de la península arábiga (Yemen, Omán, Arabia Saudita, y Emiratos Árabes) a finales de los años cuarenta, poco antes de que llegara la fiebre del petróleo, cuando el Oriente Medio no había cambiado aún desde hacía siglos y donde sus amigos beduínos se sentían aún libres en el desierto. Son muchos los detalles que hacen de esta obra un clásico de la literatura de viajes: la visión que nos da sobre la calidez, la generosidad y la ferocidad del pueblo beduíno; la hermosa escritura sobre un lugar y una época que ya dejaron de existir; y su profunda reverencia por el desierto mismo. Pero lo que realmente distingue esta obra de Thesiger es su puro amor por el viaje, por la propia experiencia que este supone. Ignorando el romanticismo obvio, el hecho de tratar de vivir la vida en primera persona, de sentir el mundo por uno mismo, es el verdadero motor que impulsa al viaje. Por todo ello este magnífico libro es su tributo a tradiciones ya desaparecidas.

Lo que peor llevo de la vuelta al cole es eso de levantarme a las 7.30 de la mañana. Se acabaron las madrugadas en vela viendo películas antiguas, licores y charlas. Se acabaron las sesiones de músicas variadas, mientras se contempla la luna a hurtadillas desde el hueco de la ventana. Lo que peor, los saludos con sonrisas falsas, cómo te ha ido el verano y cuidado que se te ha caído el puñal de la espalda. Lo que peor, las mudanzas y no saber ni a dónde vamos ni de dónde venimos. Se acabaron las lecturas del verano mil veces empezadas y mil veces abandonadas, dejando la lista de libros esenciales aún más nutrida si cabe (he optado por hacer mías las opiniones de mis amigos intelectuales, así parecerá que leo...). Los picoteos de versos también. La noche por delante y la mañana para dormir a pierna suelta. Não sei se preguiçoso ou se covarde, Debaixo do meu cobertor de lã, Eu faço samba e amor até mais tarde, E tenho muito sono de manhã, cantaba Caetano. Debemos y digo debemos en plural, porque invocando la fuerza de la mayoría, quizá pueda yo solita conseguirlo, instaurar los veranos en todos los días de nuestra vida. Sí, habría que programarlo, como se programa la cita con el médico, un cine o el pilates, de 18 a 20 es verano en mi otoño de castañas pilongas. O mejor, no lo programemos, que sea el verano quien se cuele en diciembre una tarde ceniza cuando ya apenas recordemos el calor del sol en los huesos o el olor a salitre en la nuca.

Se acabó la serenata nocturna.

 

Ante la inclemencia del tiempo, en estos días de vértigo y mudanzas, que mejor lectura que aquella a la que siempre regresamos. El microrrelato. Ficciones en pequeñas dosis. Jose María Merino a través de una entrevista interesante y amena le toma el pulso al microrrelato como género literario. Después presenta como botón de muestra unos 11 micros que van desde el Calila e Dimna hasta Dino Buzzati. Del microrrelato se ha dicho:

Es un fenómeno en absoluto nuevo en la literatura, que sin embargo parece ponerse de moda en el último medio siglo, de la mano de insignes cultivadores de la ficción hispanoamericana como Borges, Cortázar, García Márquez, Arreola, Denevi y Monterroso. Porque, aunque el microrrelato no es ajeno a todas las literaturas contemporáneas -basta recordar la extraña belleza de los cuentos breves de Kafka o el impagable humor de los de Slawomir Mrozek-, parece haber irrumpido con mayor fuerza al otro lado del Atlántico, donde también se ha intentado dotarlo de base teórica y distinguirlo de especies afines. No faltan en nuestro país brillantes cultivadores del microrrelato, como Luis Mateo Díez, Max Aub o Antonio Pereira, y es raro el escritor que no haya perpretado uno alguna vez.

El microrrelato hunde sus raíces, como toda literatura, en la tradición oral, en forma de fábulas y apólogos, y va tomando cuerpo en la Edad Media a través de la literatura didáctica, que se sirve de leyendas, adivinanzas y parábolas. Algunos han visto el microrrelato como la versión en prosa del haiku oriental y otros lo han hecho derivar de la literatura lapidaria.

Pero es en la época moderna, al nacer el cuento como género literario, cuando el microrrelato se populariza en la literatura en español gracias a la concurrencia de dos fenómenos de distinta índole: la explosión de las vanguardias con su renovación expresiva y la proliferación de revistas que exigían textos breves ilustrados para llenar sus páginas culturales. Algunas de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna son verdaderos cuentos de apenas una línea, y también Rubén Darío y Vicente Huidobro publicaron minicuentos desde diversas estéticas. Junto a estos autores, la crítica señala también al mexicano Julio Torri y al argentino Leopoldo Lugones como decisivos precursores del actual microrrelato.

En la segunda mitad del siglo XX el microrrelato llega a su madurez. Ya no se trata de un ejercicio de estilo, de una pirueta de agudeza o de un retazo más o menos misterioso de prosa poética. El microrrelato se presenta como una auténtica propuesta literaria, como el género idóneo para definir, parodiar o volver del revés la rapidez de los nuevos tiempos y la estética posmoderna. Algo que tiene que ver con Italo Calvino y sus "Seis propuestas para el próximo milenio", con sus "hibridaciones multiculturales", como ha señalado Enrique Yepes, uno de los estudiosos de este arte pigmeo. El cuento brevísimo es la arena ideal donde se bate la moda de la destrucción de los géneros, hasta el punto de que resulte imposible -e inútil- tratar de definirlo, distinguirlo o envolverlo de legalidad.

Proliferan así estos "cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas" -según expresión del argentino David Lagmanovich- que, con su despojamiento, ponen a prueba "nuestras maneras rutinarias de leer". Para diferenciarlos de los aforismos, las frases lapidarias o los miniensayos, deben cumplir los principios básicos de la narratividad, aunque de una forma extravagantemente concentrada. Son, casi siempre, ejercicios de reescritura, o minúsculo laboratorio de experimentación del lenguaje, o ambiciosa pretensión de encerrar en unas líneas una visión trascendente del mundo. Pero queda una sospecha: ¿no habrá en todo esto un poco de pereza? Con su humor de siempre, Augusto Monterroso parece sembrar la duda cuando escribe: "Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto".

Pedro de Miguel.

La minificción tiene la capacidad de transgredir, con gracia y precisión, nuestras expectativas de lectura: es el reverso insospechado de lo que habíamos aceptado como realidad.

Juan Armando Epple

Los microrrelatos tienden a desaparecer si se los mira de frente: son demasiado tímidos y traslúcidos. Para escribirlos basta tomar un poquito de caos y transformarlo en un miniuniverso. Como las pirañas, son pequeños y feroces. Aconsejo descartarlos si no muerden.

Ana María Shúa.

 

Conservación de los recuerdos 

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra".

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempres de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

Julio Córtazar, Historias de cronopios y famas.

 Fotografia de Lee Friendlander

—No vive ya nadie en la casa —me dices— 

—No vive ya nadie en la casa —me dices—; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.

Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, por que sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.

Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en circulo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado. Lo que continua en la casa, es el sujeto del acto.

César Vallejo, Poemas póstumos I

 

 Peter Handke - Lied Vom Kindsein (Canción de la niñez)

Als das Kind Kind war,
ging es mit hängenden Armen,
wollte der Bach sei ein Fluß,
der Fluß sei ein Strom,
und diese Pfütze das Meer.

Als das Kind Kind war,
wußte es nicht, daß es Kind war,
alles war ihm beseelt,
und alle Seelen waren eins.

Als das Kind Kind war,
hatte es von nichts eine Meinung,
hatte keine Gewohnheit,
saß oft im Schneidersitz,
lief aus dem Stand,
hatte einen Wirbel im Haar
und machte kein Gesicht beim fotografieren.

Als das Kind Kind war,
war es die Zeit der folgenden Fragen:
Warum bin ich ich und warum nicht du?
Warum bin ich hier und warum nicht dort?
Wann begann die Zeit und wo endet der Raum?
Ist das Leben unter der Sonne nicht bloß ein Traum?
Ist was ich sehe und höre und rieche
nicht bloß der Schein einer Welt vor der Welt?
Gibt es tatsächlich das Böse und Leute,
die wirklich die Bösen sind?
Wie kann es sein, daß ich, der ich bin,
bevor ich wurde, nicht war,
und daß einmal ich, der ich bin,
nicht mehr der ich bin, sein werde?

Als das Kind Kind war,
würgte es am Spinat, an den Erbsen, am Milchreis,
und am gedünsteten Blumenkohl.
und ißt jetzt das alles und nicht nur zur Not.

Als das Kind Kind war,
erwachte es einmal in einem fremden Bett
und jetzt immer wieder,
erschienen ihm viele Menschen schön
und jetzt nur noch im Glücksfall,
stellte es sich klar ein Paradies vor
und kann es jetzt höchstens ahnen,
konnte es sich Nichts nicht denken
und schaudert heute davor.

Als das Kind Kind war,
spielte es mit Begeisterung
und jetzt, so ganz bei der Sache wie damals, nur noch,
wenn diese Sache seine Arbeit ist.

Als das Kind Kind war,
genügten ihm als Nahrung Apfel, Brot,
und so ist es immer noch.

Als das Kind Kind war,
fielen ihm die Beeren wie nur Beeren in die Hand
und jetzt immer noch,
machten ihm die frischen Walnüsse eine rauhe Zunge
und jetzt immer noch,
hatte es auf jedem Berg
die Sehnsucht nach dem immer höheren Berg,
und in jeden Stadt
die Sehnsucht nach der noch größeren Stadt,
und das ist immer noch so,
griff im Wipfel eines Baums nach dem Kirschen in einemHochgefühl
wie auch heute noch,
eine Scheu vor jedem Fremden
und hat sie immer noch,
wartete es auf den ersten Schnee,
und wartet so immer noch.

Als das Kind Kind war,
warf es einen Stock als Lanze gegen den Baum,
und sie zittert da heute noch.

Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy vos?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?

Cuando el niño era niño,
no podía tragar las espinacas, los porotos,
el arroz con leche y el coliflor.
Ahora lo come todo y no por obligación.

Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.

Cuando el niño era niño,
jugaba abstraído,
y ahora se concentra en cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.

Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.
En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando.
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.

http://www.wim-wenders.com

 

Continuidad

No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío --dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que ya no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame --dije.

Las promesas de la música

Detrás de un muro blanco la variedad del arco iris. La muñeca en su jaula está haciendo el otoño. Es el despertar a las ofrendas. Un jardín recién creado, un llanto detrás de la música. Y que suene siempre, así nadie asistirá al movimiento del nacimiento, a la mímica de las ofrendas, al discurso de aquella que soy anudada a este silenciosa que también soy. Y que de mí no que demás que la alegría de quien pidió entrar y le fue concedido. Es la música, es la muerte, lo que yo quise decir en las noches variadas como los colores del bosque.

Un sueño donde el silencio es de oro

El perro del invierno dentella mi sonrisa. Fue en el puente. Yo estaba desnuda y llevaba un sombrero con flores y arrastraba mi cadáver también desnudo y con un sombrero de hojas secas.

He tenido mucho amores -dije- pero el más hermoso fue mi amor por los espejos.

    De Extracción de la piedra de la locura.

Alejandra Pizarnik fue un personaje público construido por rasgos secretos. Adelantamos un fragmento de la biografía de la poeta argentina escrita por César Aira.

Alejandra Pizarnik empezó llamándose Flora; era hija de inmigrantes judíos rusos. Nació el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, una localidad vecina a Buenos Aires. Los padres habían llegado a Argentina exactamente dos años antes, de una ciudad rusa (también fue polaca), Rovne, después de un paso de algunos meses en París, donde se había radicado un hermano del padre. Éste se llamaba Elías Pozharnik; el cambio de apellido debe de haberse debido a uno de los muy corrientes errores de registro de los funcionarios de inmigración. Tenía 27 años, y no hablaba una palabra de castellano, lo que era el caso asimismo de su esposa, un año menor, Rejzla Bromiker, cuyo nombre pasó a ser Rosa. Debió de ser por ella que eligieron Argentina, pues una hermana de Rosa había emigrado tiempo antes al país, y vivía en Avellaneda. A poco de llegar nació la primera hija del matrimonio, Myriam, y 20 meses después la segunda, Flora. No tuvieron más hermanos. El padre se dedicó a la venta a domicilio de artículos de joyería, y no tardó en hacerse una buena posición. Tenían una bonita casa en Avellaneda, donde vivieron hasta 1953 y donde las dos hermanas hicieron la escuela primaria y secundaria. La adaptación fue rápida; aunque los padres hablaban yídish en la casa, las hijas no lo aprendieron; de todos modos, la curiosa forma de hablar de la poeta puede haber tenido su origen en esa situación. Todo el resto de las dos familias, Pozharnik y Bromiker, con excepción del hermano del padre en París, y la hermana de la madre en Avellaneda, pereció en el holocausto, lo que para la niña debió de significar un contacto temprano con los efectos de la muerte. Por lo demás, su origen judío no significó nada especial para ella. Si bien asistió, paralelamente a la escuela pública, a una judía, ésta fue pestalozziana, sin hincapié en la religión: el padre era liberal, y la integración de las hijas al ambiente suburbano de clase media fue completa. (...)

 

 (Más)

 

Al final de nuestros días en el Puerto de Santa María, descubrimos como un Edipo desesperado que la fauna de insectos de este pantanoso lugar es inabarcable. Si no fuera por el testimonio de lujo de Adrián, en su encuentro con el oráculo farmacéutico, que nos ha vaticinado  todos los posibles orígenes de las picaduras, que desde el mes de mayo nos asedian irremediablemente, haciéndonos ya mella y escollos en la misma moral (pues el picor nocturno es un motivo más para alimentar mi insomnio fácilmente omnívoro), estaríamos perdidos. Como un Nanni Moretti aturdido y melancólico, he ido recorriendo consultas de médicos especialistas en pos de averiguar por qué mi cuerpecito tenía 15 picaduras, pues, cuando unas se iban, venían otras que se quedaban durante una semana y media. Tras limpiezas y pomadas varias, he optado por comprar un repelente para usar en el cuerpo… y en esto comienza la anécdota que Adrián ahora os relatará: 

Cuando llegué a la farmacia estaban  hablando  dos  personas serias (farmacéuticos) detrás del mostrador. Uno alto, delgado, tenía el pelo negro y vestía bata blanca, el otro iba de civil,  con gafas, pelirrojo de poco pelo y camisa a cuadros. Como no se callaban, después de unos segundos de cortesía,  tuve que decir en voz alta,  hola, buenas tardes y  sentí cómo mis palabras cortaban su  diálogo como un cuchillo corta  el pan. Les empecé a hablar y se quedaron en silencio, mirándome. Quería, dije, un repelente de insectos que repeliese mosquitos, pulgas, chiches y demás bichos, todo lo repelible  porque estábamos cansados de unas picaduras que y seguí hablando.  El de la bata se echó a un lado, hacia la izquierda y le cedió el mostrador al de la camisa de cuadros,  que me llevó a la otra esquina y cuando me callé empezó a aconsejarme. La verdad es que no recuerdo en qué parte de su conversación  fue y vino  (si es que llegó a ir y a venir  por el bote de repelente,  porque pudo habérmelo sacado de la nariz, como los magos,  o de detrás de la oreja o de cualquiera de sus mangas, aunque las llevaba cortas. según pensé después, cuando volvía a mi casa porque me tenía hipnotizado con su charla. Decía: Hay muchos insecticidas y añadía, tras una pausa, pero no todos son buenos. Y la cosa ha mejorado mucho porque, antes, los insecticidas repelían a los mosquitos y, además, a la persona que tuvieras al lado. Y ahora los insecticidas repelen sólo los insectos (aunque hay alguno todavía…y citaba una marca). En El Puerto hay muchos bichos, mira tú los mosquitos. Esos mosquitos, los grandes, los mosquitos tigres que hemos importado, los que tienen unas rayas en el lomo (yo pensaba, no sé por qué, en los langostinos tigre que había visto en los mostradores de las marisquerías de la zona) , esos que se te posan en el hombro y te lo echan “pabajo” (y lo interpretaba detrás del mostrador, con su camisa a cuadros, poniéndose la mano sobre el hombro y flexionando las rodillas, de una manera muy digna, muy profesional)  para esos mosquitos este bote sirve muy bien y me lo enseñaba. Pero  aquí en El Puerto tenemos una cosa muy particular. Las arañitas. Las arañitas andan y saltan y se meten en todos lados. Se las conoce por las picaduras: una, dos, tres sueltas, o alguna grande, o muchas seguidas así como una ametralladora (y seguía  interpretando detrás del mostrador, acompañando la escenificación con efectos sonoros). Esas son las que más pican. Ni enchufes ni nada. No sirven. ¿Sabes las ventanas de aluminio, las modernas? Entran por el agujerito que tienen. Uno me dijo (ahora cambiaba la voz) pero si yo en verano me tapo con la sábana de franela hasta la barbilla cómo coño pueden picarme en el dedo gordo del pie. Y es que, claro, se meten debajo de las sábanas. Este insecticida, sí. Es muy bueno, funciona muy bien. Repele a las arañitas pero no a la  gente, aunque la pena es que no repele a las suegras,  para eso no hay nada.  Y así me endosó el repelente cuyo nombre no deja de ser más absurda que esta historia: cusitrin.  Que sea lo Dios quiera. 

COLABORADOR DE LUJO: ADRIÁN GONZÁLEZ DA COSTA

Se cierra el círculo y El Puerto de Santa María me ha resultado un lugar poco frecuentado y disfrutado. Seguro que alguna tarde se abrirá una ventana dejando entrar un aire suave y fresco, oliendo a sal y a pino verde - como ya cantara Camarón I, el grande -, y pensaré en una ciudad puntual, de la que apenas quiero guardar recuerdos, una ciudad de paso, que no lo es porque permance en mi fondo, silenciosa y pesada en mi fondo como un buque hundido. A todo esto, yo lo que quería explicar era que quizá una lectura me salve este año polar, experimental, quasi anormal. Aunque quiero que mi vida personal quede al margen, tal vez en algún momento se me escape que he estado haciendo este año en la tierra de Alberti y Javier Ruibal. ¿Qué he estado haciendo? Ah sí, curtirme, endurer la piel, encayecer el alma. Vale. Dios, tormenta de verano. Olé, qué flamenca me estoy poniendo, llueve que es una alegría en el Puerto de Santa María.  (... dispersión...)

Después, de 12 años buscando un libro, que por alguna extraña razón, no quería reposar su vuelo en mis manos... me encuentra él a mí con mis 29 abriles, y el corazón ya recompuesto y aliado con razonamientos especulativos, diciéndome algo así como que ahora que ya me creía mis certezas, basadas en experiencias, caídas y recaídas, vengo a que otra vez te lo vuelvas a cuestionar todo. Yo únicamente quiero dejarme envolver por una prosa tan lacerante y poética, que me habla unos personajes tan vivos que creo reconocerlos en viejos amigos, con los que vuelvo a conversar ahora en mi mente. Me has encontrado tarde, o quizá aún no estábamos preparados para conocernos.

Notas para un paisaje... Largas modulaciones de color. Luz que se filtra a través de la esencia de los limones. Polvo de ladrillo suspendido en el aire fragante, y el olor del pa vimento caliente recién regado. Nubes livianas, al ras del suelo, que sin embargo rara vez traen lluvia. Sobre ese fondo se proyectan rojos y verdes polvorientos, malva pastel y un carmesí profundo y diluido. En verano la humedad del mar da una leve pátina al aire. Todo parece cubierto por un manto de goma.

Y luego, en otoño, el aire seco y vibrante, cargado de áspera electricidad estática, que inflama el cuerpo bajo la ropa liviana. La carne despierta, siente los barrotes de su prisión. De noche una prostituta borracha camina por una calle oscura, sembrando los fragmentos de una canción como si fueran pétalos. ¿Fue allí donde escuchó Antonio los acordes arrobadores de esa música sublime que lo impulsó a entregarse para siempre a la ciudad que amaba?

 

El cuarteto de Alejandría. Durrel Lawrence. Justine (Primer libro)

 

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